El derrumbe en los Himalayas que golpeó a Nepal y China el pasado 26 de agosto dejó una cifra devastadora de más de 1.400 muertos y cerca de 5.845 desaparecidos, y abrió un debate científico sobre el rol del cambio climático en la tragedia. La investigación apunta a un fenómeno térmico sin precedentes: temperaturas de hasta 5°C a 5.200 metros de altitud, un valor nunca registrado en más de medio siglo de mediciones.

El análisis de Robert Rohde, de Berkeley Earth, reveló que el verano previo al colapso fue el cuarto más caluroso en la región en 50 años y que sin el calor adicional provocado por el cambio climático, un patrón similar “probablemente ocurriría solo una vez en miles de años”. La climatóloga Valérie Masson-Delmotte explicó que el deshielo del permafrost debilitó la roca y facilitó el desprendimiento, mientras que imágenes satelitales mostraron un derretimiento acelerado de nieve que infiltró agua en las grietas de la montaña.

Los equipos de rescate, apoyados por brigadas de China, India y Corea del Sur, concentran sus esfuerzos en túneles de proyectos hidroeléctricos donde aún podrían hallarse sobrevivientes. El hallazgo de tres personas con vida reavivó la esperanza, aunque las morgues desbordadas obligaron a enterrar cientos de cuerpos en fosas comunes tras extraer muestras de ADN.

La tragedia expone la vulnerabilidad de Nepal, un país con mínima responsabilidad en las emisiones globales pero que enfrenta consecuencias desproporcionadas. Los investigadores evalúan ahora los pequeños movimientos previos en la montaña y su relación con el calor extremo, en busca de pruebas irrefutables de la responsabilidad del cambio climático. La reconstrucción, según estimaciones oficiales, demandará miles de millones de dólares y un esfuerzo internacional sostenido.

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